El mundo de ayer
Rafael Castaño
Lo hizo un mago
CREO recordar que fue el ilustrado Antonio Ponz –y si no ustedes me corrigen severamente– el que pidió al Rey que se ahorcase a todo alcalde que talase árboles sin un motivo de peso. La propuesta, con bastante probabilidad, hoy resultaría inconstitucional (aunque quizás no, según lo visto últimamente), pero nos deja claro que la lucha por conservar y aumentar el patrimonio arbóreo no es un fenómeno nuevo. En el fundamental Viaje de España Viaje de Españade Ponz, libro hijo de la nueva cultura borbónica que se impuso en el país durante el XVIII, hay una clara identificación de los árboles con la riqueza del territorio. Si bien durante la Edad Media se habían destruido enormes superficies de bosques para ampliar el suelo agrícola e impulsar el necesario crecimiento demográfico, el hombre dieciochesco es ya plenamente consciente del gran problema ambiental y económico que suponía la deforestación. Sin embargo, en las últimas décadas hemos visto cómo ha aumentado considerablemente la masa arbórea en toda Europa. Hoy, tenemos más y mejores bosques que hace ochenta años. En España este crecimiento ha sido espectacular: un 35% desde 1990, debido sobre todo al abandono de la agricultura (lo cual, como dicen algunos científicos, tampoco debe ser considerado como un dato necesariamente positivo).
En Sevilla, en los últimos cincuenta años, el crecimiento de parques y zonas verdes también ha sido sorprendente. Muchos de los sucios descampados y terregueriles de antaño se han convertido en aceptables arboledas. Ahí están los parques del Alamillo, San Jerónimo, Buhaira, Prado, Celestino Mutis, Manuel Ferrand y un larguísimo etcétera. El balance no puede ser más que positivo. Muy positivo. Paralelamente, los sevillanos han desarrollado una conciencia arborícora casi a la altura de Cosimo Piovasco, el protagonista de la novela de Italo Calvino El barón rampante, quien a los 12 años se subió a un árbol para ya nunca más pisar la tierra. Hoy en día no se puede talar un árbol sin que haya un estremecimiento en la opinión pública sevillana. A veces, el progreso existe y es bueno.
Sin embargo, aún queda lo que podríamos llamar la revolución pendiente de los cuidados. No sólo consiste en plantar árboles, sino también en cuidarlos convenientemente, evitar su maltrato, vigilar más de cerca su estado de salud, dotarlos de unos alcorques lo suficientemente amplios para que puedan respirar. De esta manera, quizás se hubiese podido evitar ese desolado paisaje sin ficus que es hoy la Encarnita, una vez talado definitivamente el laurel de Indias que tanta sombra y felicidad dio.
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