La Iglesia de Sevilla beatificará a veinte mártires de la guerra civil
Calle Rioja
Manuel González-Serna, sevillano de la calle Palacios Malaver, era arcipreste de Cazalla de la Sierra y párroco de Constantina en el verano de 1936. El 23 de julio de ese año, cinco días después de la sublevación militar, fue llevado por milicianos a la sacristía de su iglesia. Allí le pegaron un tiro en la boca y posteriormente lo remataron con un disparo en la cabeza. A renglón seguido, María Dolores Sobrino Cabrera, que asistía en tareas parroquiales, fue asesinada y su cuerpo apareció junto al de su párroco.
Este cura sevillano destinado en la Sierra Norte encabeza la nómina de veinte mártires sevillanos de la guerra civil que el próximo 18 de noviembre serán beatificados en una ceremonia que tendrá lugar en la Catedral de Sevilla. Se trata de diez sacerdotes, un seminarista, el más joven de todos los asesinados (Enrique Palacios Monrabá, también de Cazalla) y nueve laicos, incluida María Dolores, de 61 años, la de más edad.
La causa de estos mártires la inició en 2012 el entonces arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina, y ayer la presentó a la prensa su sucesor, José Ángel Saiz Meneses. Uno de sus obispos auxiliares, Teodoro León, fue el postulador de este proceso diocesano del que explicó la doble metodología: el estudio del contexto histórico y de las circunstancias teológicas. Dos premisas fundamentales para alcanzar “la presunta certeza moral” de la causa, aunque la certeza definitiva tenía que ser confirmada en Roma, por el Dicasterio para la Causa de los Santos.
La de Sevilla es una de las diócesis que más tarde se incorporó a esta tarea de beatificar a los mártires de la guerra civil. La de Guadalajara fue la primera. Una tardanza que contrasta con la rapidez con la que llegaron a Roma las primeras noticias de los desmanes provocados por un ambiente de “anticlericalismo y laicismo radical”, en palabras de José-Leonardo Ruiz Sánchez, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla y autor del trabajo Mártires de la persecución religiosa en la Archidiócesis de Sevilla (1936).
Las primeras informaciones las recabó de los propios párrocos el cardenal Ilundain, titular de la diócesis cuando estalla la contienda. Su testimonio en el Palacio Arzobispal recuerda al de Salvador Allende en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile. Le invitaron a abandonar el Palacio Arzobispal y buscar algún refugio, a lo que respondió que “prefería morir con honra en su casa y en su puesto de honor a tener que andar oculto por diversos sitios”.
El informe que remitió a la nunciatura fue prácticamente su testamento. Ilundain muere el 10 de agosto de 1937 y el 12 de octubre de ese año es nombrado titular de la archidiócesis Pedro Segura, que sigue con la tramitación. Las muertes de estos futuros beatos tuvieron lugar entre el 17 de julio y el 30 de agosto de 1936, los dos primeros meses de la contienda. “Es un libro sobre las víctimas, no sobre los verdugos”, dice José-Leonardo Ruiz, “de los que se omiten sus nombres y sólo se dan las siglas. Nunca fueron los verdugos los objetivos de esta obra”.
Del postulador de Sevilla pasó la causa al postulador de Roma, también presente en este encuentro con los medios. Se trata de un fraile capuchino, Alfonso Ramírez (El Viso de los Pedroches, 1944), que se dedicó a poner orden en un material abundantísimo. El libro tiene casi quinientas páginas, pero el punto de partida fueron más de doce mil folios que llegaron a Roma y se publicaron en cuarenta volúmenes. Con testimonios de amigos y familiares, con muchísima documentación procedente de más de ochenta archivos. “La falta de rigor nunca favorece a la causa”.
Antes no era el momento adecuado, en palabras de Teodoro León, “porque las heridas estaban muy abiertas. Con los sacerdotes ha sido más fácil, la lista de laicos podía haber sido mucho más larga, pero ha habido familias que no han querido”. Dicen que no hay ningún revanchismo “porque murieron sin renegar de su fe pero perdonando a sus verdugos”. La reconciliación en la iglesia es el nombre de un sacramento. “Tantos mártires y ni un solo caso de apostasía”, llegó a decir Paul Claudel. Y muchos siglos antes, año 200 después de Cristo, Tertuliano se preguntaba: “¿Es posible que tantos mártires hayan muerto para nada?”.
Monte Chacón, flamante delegada diocesana para la causa de los Santos, informó del calendario de una causa cuyo cartel ha hecho Juan Palomo. El 10 de noviembre se celebrará una vigilia preparatoria en la Catedral y las parroquias de procedencia de los mártires. El 17 de ese mes se recordará en el Seminario al seminarista asesinado el 5 de agosto de 1936. Y un día después, la ceremonia de beatificación. Mártir significa testigo, “nunca podemos perder de vista la dimensión martirial del cristiano sin llegar a una prueba tan extrema”, en palabras del arzobispo. El libro y la Causa concluyeron en plena pandemia. Para el historiador se trata “no sólo de un relato de historia, es también un modelo de catequesis. Ellos tuvieron que elegir entre la vida y la muerte y lo tuvieron claro”.
La geografía del martirio atañe a asesinados en Constantina, Lora del Río, Utrera, Guadalcanal, Cazalla de la Sierra, El Saucejo, Estepa (asesinado en Málaga) y Huelva, que entonces pertenecía a la diócesis de Sevilla.