Pellegrini no es perfecto, pero sí una perfecta garantía

Sueños esféricos

MANUEL Pellegrini Ripamonti es lo mejor que le ha pasado al Betis contemporáneo. Es un patriarca de plateada melena bajo cuyo manto protector duermen a pierna suelta todos los béticos, incluidos esos agrios críticos que, no sin razón, cargan las tintas contra la gestión deportiva y económica de Haro y Catalán.

La errática planificación de los rectores, la copiosa plaga de lesiones y lo carísimos que se han puesto los puestos europeos esta temporada hubieran desmoronado el mecano bético con cualquier otro entrenador al mando. Son violentos los embates desde diferentes frentes. Y todos a la misma vez, que diría Lopera, de cuya recuperación nos congratulamos. Pero este venerable zorro de refinadas maneras siempre encuentra la solución para que su Betis acabe saliendo a flote y enarbole la bellísima palabra “esperanza”.

El Betis de los cuatro últimos años es un equipo de autor, con un sello muy personal. Y tal es la seguridad que inspira Pellegrini en sus consejos, que cualquier jugador que salta a la escena lo hace investido de una confianza especial, que mana de la fiabilidad del consejero. En Palma, Visus parecía que llevaba cinco años en Primera.

Sergi Altimira es cada vez mejor. Y buena parte de la responsabilidad reposa en el trabajo sordo, cotidiano, que el chaval viene realizando en la ciudad deportiva y en las directrices que su entrenador le va marcando a medida que juega y destapa virtudes y defectos.

El papel primordial de un entrenador es sacarle a cada jugador el máximo rendimiento para que la suma de las individualidades dé incluso un valor mayor como grupo. Pellegrini no es perfecto, por supuesto, y se ve en que no hay manera de que pulse la tecla para que Willian José vuelve a sentirse futbolista, pero es lo más parecido a una garantía. Su Betis volverá a rondar los 60 puntos. Y el puesto dependerá de que los de abajo empiecen a sumar más y no sigan encareciendo los billetes europeos.

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