Malos tiempos para la épica

El presidente catalán, Pere Aragonés, esta semana en el Senado
El presidente catalán, Pere Aragonés, esta semana en el Senado

A falta de cinco semanas para que se cumpla el límite de tiempo para que Pedro Sánchez pueda investirse como presidente del Gobierno ha empezado a cambiar el clima. Tanto hemos escuchado afirmar al candidato con un optimismo incurable y una sonrisa en el rostro que habría investidura que la hemos dado por hecho. Lo lógico es pensar que él es el único que tiene todos los datos. Y la conclusión lógica es asumir que lo tiene todo amarrado y bien amarrado con los independentistas de Waterloo.

Viendo lo que estamos viendo y las posiciones pétreas de Puigdemont y sus huestes, quizás solo era un optimismo emocional, tendente a creer siempre en las buenas intenciones de los demás. A Zapatero le decían que estaba aquejado de un optimismo antropológico: un ser confiado en que el progreso siempre llega. Aunque Óscar Arias, ex presidente de Costa Rica y Nobel de la Paz, dijo aquello aún más concluyente envuelto en un juego de negaciones: “El progreso no es inevitable”.

“Esto no está hecho”

Lo cierto es que Moncloa y sus satélites llevan toda la semana deslizando la idea, novedosa en este ciclo negociador, de que “esto no está hecho”. Una afirmación que acompañan de cierta resignación ante una posible apertura de urnas el próximo 14 de enero como consecuencia de un proceso de normalidad democrática. Pudiera ser. Pero quizás haya una explicación alternativa. Y es que ese mensaje solo se esté destinando a los atrincherados de Junts, inasequibles al desaliento. Una cohorte de legionarios indepes dispuestos a resistir hasta que se melle el último pilum. Todo puede ocurrir en una negociación opaca, de la que poco se sabe.

Desde el día después de las elecciones Puigdemont está amarrado a “la responsabilidad, la coherencia y la fidelidad” de los principios de Junts. Y cada día recuerda que ni votó la investidura de Sánchez la legislatura anterior, ni sus presupuestos, “ni sus reformas-trampa”, ni aceptó la mesa de diálogo ni pactó los indultos con quienes quieren “liquidar la lengua, la cultura y la nación”. En su relato, por eso salieron del gobierno catalán, porque no podían seguir compartiendo lecho institucional con los botiflers de Aragonés. Si es un ardid negociador desde luego disimula muy bien y ya le dura mucho.

Puros contra pecadores

Pero debe haber truco. Porque la pregunta es: ¿cómo beneficia a Puigdemont hacer descarrilar ese tren? Lo que es beneficiar, poca cosa. Cierto que le atornilla en las esencias más puras del independentismo catalán y le permite presumir de pureza –una virtud irrenunciable para todo buen nacionalista– frente a los pecadores de ERC. Léase la comparecencia del presidente Pere Aragonés en el Senado como un discurso de nadar y guardar la ropa: la amnistía la dio por amortizada y revindicó un referéndum de autodeterminación pero pactado, previo acuerdo con el Estado, sin unilateralidades fácticas, a diferencia de la doctrina de Junts. Ese es el contraste. Lo que sí demostró Aragonés es su forma de entender la unilateralidad, que consiste en largar su discurso y largarse de la cámara alta sin escuchar a nadie. Fino y cortés, con un gran sentido de la democracia el president.

Mientras Aragonés abandonaba la cámara se hacía carne el poder territorial del PP, con doce comunidades populares controlando por completo la Comisión. El Senado será el espacio donde el PP tratará de manejar su espacio de acoso y derribo contra el Gobierno, como es lógico. El PSOE se ha zafado de esta sin acudir y ha sido lo mejor que le podía ocurrir. Lo contrario era escuchar a Page en el Senado atacando los acuerdos aparentemente en curso y la posible amnistía. Pero en adelante, los socialistas no pueden despreciar institucionalmente este foro, por mucho que le vayan a apretar desde el PP, que lo hará.

Pasarse de frenada

Pero Puigdemont pierde mucho más de lo que gana. Los siete votos tienen valor hoy. Mañana puede tener siete, más o menos pero igual no le sirven para nada. Posiblemente el gobierno le está avisando sobre el riesgo de pasarse de frenada. Y le advierte que tras el fracaso de la negociación están las urnas y posiblemente el último cartucho del independentismo para salvar de la quema a 1.432 personas que se beneficiarían de la amnistía. El CIS acaba de vaticinar un empate técnico, con el PSOE bajando un poco y el PP subiendo otro poco. Sumar recuperaría la tercera posición y Vox sería la cuarta fuerza más votada si hoy se celebraran elecciones. Esto en realidad dice poco respecto a la certeza de un resultado, pero es indicativo –una vez asumidas las ya míticas desviaciones de las estimaciones de Tezanos– de que el escenario futuro andaría igual de enredado. Sánchez, por su parte, si se ve obligado a a ir a elecciones en enero acudirá con el eje narrativo muy castigado. Si hace un mes le hubiera dicho a Junts que no negociaba una amnistía y mucho menos un referéndum podría haber ido a unas nuevas elecciones con el viento de popa y sacando pecho con el discurso de la defensa de los intereses de los españoles. Ahora lo tiene difícil. Será casi imposible que no se perciba esa nueva cita electoral como una cita inevitable tras haber estado dispuesto a ceder, como mínimo, la amnistía.

Las catalanas, en el horizonte

Volviendo a Junts, no conviene perder de vista que es muy probable que en las elecciones catalanas de 2024 lo que se disputen Junts y ERC sea la segunda, la tercera o la cuarta plaza. Teniendo en cuenta –aunque el voto operará de forma diferenciada en unas autonómicas– los resultados de las legislativas y de las últimas catalanas, con victoria aplastante del PSC, se antoja muy difícil que los votos indepes unidos puedan superar los del PSC y los de Sumar (actual segunda fuerza en Cataluña en las generales). O sea, que el independentismo seguirá profundizando su quiebra interna pero para disputarse la jefatura de la oposición. Duro y triste panorama para fuerzas que presumen de hablar en nombre de Cataluña. Y más aún cuando el CEO, que viene a ser como el CIS catalán, acaba de acreditar que ha bajado en diez puntos el número de catalanes que apuestan por la independencia. Diagnostica igualmente que la relación entre Cataluña y España ha dejado de ser el principal problema para los catalanes, muy preocupados ahora por la precariedad laboral o la economía. O sea, los problemas reales y compartidos con el resto de españoles que se ocultaban tras la nebulosa independentista. Malos tiempos para la épica, Puigdemont.

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